La historia del campo mexicano está ligada a los principales cambios sociales, políticos y económicos del país. Desde los cultivos mesoamericanos hasta la producción agropecuaria actual, la tierra ha sido fuente de alimento, conflicto, trabajo y organización comunitaria.
Antes y después de la caída de México-Tenochtitlan, en 1521, la alimentación de los pueblos originarios tenía como base productos como maíz, frijol, chile, calabaza, nopal, amaranto, tomate, aguacate y chía. Ese sistema agrícola no sólo sostenía la dieta cotidiana, también estructuraba mercados, tributos y formas de vida comunitaria.
Con la consolidación del dominio español en la Nueva España, el campo se transformó. A los cultivos locales se sumaron productos y animales traídos de Europa, como trigo, árboles frutales, borregos, cabras y gallinas. La mezcla de ingredientes originarios y europeos terminó por modificar la producción, el comercio y la cocina del territorio.
Uno de los productos más importantes de la época colonial fue la grana cochinilla, insecto cultivado en nopaleras para obtener un tinte rojo intenso. Su valor comercial creció por la demanda europea y se convirtió en una de las mercancías más apreciadas de la Nueva España.
La llegada de ganado menor también provocó conflictos. Borregos y cabras invadían o dañaban cultivos de comunidades indígenas, mientras crecían las propiedades privadas y se consolidaban haciendas. En ese contexto surgieron figuras como el fundo legal y los ejidos de los pueblos, destinadas a reconocer espacios mínimos para vivienda, cultivo y uso comunitario.
Durante la primera mitad del siglo XIX, la mayor parte de la población vivía en zonas rurales y dependía de actividades agrícolas. El crecimiento de ranchos y haciendas concentró grandes extensiones de tierra y alimentó tensiones sociales que también estuvieron presentes en el movimiento de Independencia.
Miguel Hidalgo y Costilla incorporó demandas agrarias a la causa insurgente. El 5 de diciembre de 1810, desde Guadalajara, ordenó que las tierras pertenecientes a comunidades indígenas fueran entregadas para su cultivo y que no volvieran a arrendarse, de acuerdo con documentos históricos compilados por el INEHRM.
Tras la consumación de la Independencia, la economía agrícola siguió siendo central para el nuevo país. En los primeros años del México independiente, alrededor de la mitad de la fuerza de trabajo se concentraba en el sector agroalimentario, según una revisión histórica de la Secretaría de Agricultura.
La política agrícola de ese periodo buscó incentivar cultivos como café, cacao, viñas y olivo mediante la eliminación de algunos impuestos. Sin embargo, el desarrollo del campo siguió marcado por desigualdad en la propiedad de la tierra, baja productividad en varias regiones y dependencia de las condiciones climáticas.
La cocina mexicana también conservó la huella de ese proceso histórico. Ingredientes como maíz, chile, cacao, frijol y calabaza siguieron como base de la alimentación, mientras surgieron preparaciones asociadas al mestizaje culinario, entre ellas chiles rellenos, rajas con crema, sopas secas y chiles en nogada.
En el siglo XXI, el campo mantiene un papel estratégico. La Secretaría de Agricultura reporta que 8.9 millones de personas participan en actividades del sector primario, entre labores agrícolas, pecuarias, pesqueras y acuícolas.
Durante 2020, en medio de la pandemia por SARS-CoV-2, el sector primario registró un crecimiento positivo de 4.5 por ciento respecto al año anterior. Ese año se cultivaron 21.7 millones de hectáreas, se pescaron 1.9 millones de toneladas y se generaron 7.4 millones de toneladas de carne, para un volumen total de producción de 290.7 millones de toneladas.
La importancia del campo mexicano no se reduce a su peso económico. Su historia explica buena parte de las luchas por la tierra, la identidad alimentaria del país y la permanencia de millones de trabajadores que, desde comunidades rurales, costas, ríos y zonas agrícolas, sostienen el abasto nacional.

